24 febrero, 2012

Nietzsche: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.
Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.
El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?
Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.
Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.
La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.
No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda —pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas—. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata,como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.
Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.
Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.


Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.
Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo —dice Pascal— que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro —y esto el honrado ateniense lo creía—, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.
Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.
Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.

15 diciembre, 2011

La revelación de Dios en Jesús de Nazaret


HORIZONTES, CAMINOS Y PREGUNTAS.
Es tanto lo que se ha dicho y escrito a lo largo de los siglos y particularmente en las últimas décadas del siglo XX, sobre el Dios de Jesús (siempre en masculino), que se hace inevitable la pregunta por la utilidad y pertinencia de esta reflexión. Sin embargo, además de tratarse de una cuestión nunca cerrada, sino abierta siempre hacia el futuro, en estos momentos de búsquedas y recomposiciones simbólicas, es definitivamente necesario que ampliemos el horizonte de nuestras miradas, sobre la experiencia de Dios, que se nos muestra en Jesús, el maestro de Galilea.
El presente trabajo se inscribe en esa búsqueda: quiere recoger sensibilidades y demandas actuales, especialmente la mirada de género; quiere igualmente señalar nuevas pistas que nos ayuden a bucear en aguas queridas y conocidas en nuestra tradición, para encontrar nuevos parajes que alberguen, cómoda y amorosamente, a la mujer y al hombre de este nuevo milenio que iniciamos.
Dios es una realidad que interroga hoy: sus imágenes son contestadas desde distintas búsquedas y miradas, sin que ello suponga en ningún momento indiferencia o desinterés generalizado, ni tampoco ateísmo militante como en otros momentos. Hoy, más que hace unas décadas, Dios vuelve a jugar entre los hombres y mujeres, entre los y las jóvenes... la pregunta por el sentido de la vida, en un mundo envuelto en oscuridades y tensiones de todo tipo, le da significación a los múltiples caminos espirituales, que recuperan y suman lo más valioso de distinta tradiciones, sin que necesariamente esos caminos pasen por las instituciones a las que de alguna manera han pertenecido. En el horizonte de esos caminos espirituales, la realidad que llamamos Dios hace presencia de diferentes formas y en diferentes rostros.
Respecto a los ejes de nuestra tradición occidental, reflexiona Dorothe Solle:
“La impotencia de Dios en el mundo es bien patente; la sustitución científica de la creación por una segunda creación, mejorada, es tan sólo un ejemplo que muestra lo desvalido que es el Varón anciano allá en el cielo. No podemos ya entender que Dios es todopoderoso y nosotros seres impotentes, para quienes la Biblia emplea algunas veces la imagen de gusanos. Este teología no corresponde ya a la tecnología de la ficción del átomo y de la ingeniería genética, y es intolerable moralmente. En la comprensión que tengamos del poder se decide la cuestión acerca de Dios. ¿Podremos representar el poder como unilateralmente masculino, como mandato, superioridad física, ordenamiento jerárquico, como violencia de lo que está más alto sobre lo que está más bajo? ¿Experimentaremos a Dios como autoridad coercitiva, o hay otras formas de vivenciar a Dios? [1].
La pregunta que me formulo entonces es: La experiencia de Dios, vivida por y en Jesús de Nazaret, qué nos dice hoy a las mujeres... ¿qué dice a los y las pobres del continente latinoamericano, sumidos en una cada vez mayor impotencia?... ¿Qué dice a los horrores y exclusiones de la dinámica impuesta por la globalización? ¿Qué dice igualmente, esa experiencia encarnada a quiénes en medio de los avatares de este siglo XXI buscamos la felicidad y la reconciliación con y entre nosotros mismos y nosotras mismas y con nuestro nicho ecológico? ¿Cómo vive Dios en nuestras enormes ciudades/sociedades informatizadas y de redes, cada vez más complejas y globalizadas? ¿Parto en mi indagación, de la certeza de que Jesús puede ofrecernos claves no sólo válidas, sino fundamentales, aunque no únicas, para buscar a Dios.
 
CONTEXTO RELIGIOSO EN EL QUE JESÚS VIVE SU FE.
Es claro que Jesús de Nazaret, es un judío, su formación y su experiencia religiosa, son antes que nada las de un judío. Esta realidad, que durante siglos parece haberse olvidado, está siendo resaltada y profundizada actualmente tanto desde el lado cristiano, como desde el judío. Los trabajos de investigadores como Geza Vermes y /o Marie Vidal[2] son una muestra de ello. Jesús recibe entonces las tradiciones del Primer Testamento y la experiencia de Dios que se le transmite en los distintos círculos en los que se mueve: la sinagoga, los fariseos, los grupos del desierto. Recibe igualmente la tradición familiar, sapiencial y femenina que le lega su madre.
Esta realidad nos remite entonces a una experiencia de Dios, múltiple y diversa, pero que se inscribe en marcos muy precisos, que podemos sintetizar con esfuerzo y precaución en algunas líneas o experiencias de las que nos habla insistentemente la tradición bíblica.
La realidad de Dios, vivenciada por Jesús, es una herencia de:
La vivencia de Abraham, en la que Dios es un horizonte abierto que convoca y que llama a un futuro nuevo e inmenso. La fe de Moisés en la cual, Dios es el liberador de la esclavitud, en un pasado originario que se revive siempre con nuevas exigencias y potencialidades de salvación. Pasado que se actualiza y se hace presente en la fe de María de Nazaret, que vivencia la acción liberadora en el hoy y en el mañana. En esta línea de unas perspectivas de liberación amplia, Jesús recibe igualmente la experiencia y palabra de un Isaías y otros profetas, orientada principalmente a un Dios que es esperanza y utopía, siempre renovada.
Igualmente el judío Jesús recibe la tradición de aquellas que experimentan a Dios como reto y como fuerza para actuar: Débora, Ester, Judit... las mujeres que son convocadas al compromiso con su pueblo como una respuesta al llamado de la divinidad en la que creen. Pero otras mujeres y otras tradiciones femeninas, le entregan la certeza de Dios presente en lo cotidiano, en las alegrías y angustias de la vida diaria en familia y amistad, Dios que nos acompaña en el discernimiento del vivir, sufrir y disfrutar, cada día: Rut, Nohemí y los grupos femeninos portadores de la sabiduría.
No podemos ignorar tampoco, que Jesús vive en un ambiente helenístico y grecorromano en el cual se agitan múltiples discursos y búsquedas: el Dios de los filósofos, el Dios de la verdad, la búsqueda de un Dios universal que trascienda a los pueblos y nacionalidades... por contraposición a la divinización del emperador. Ambiente en el que la divinidad se acerca igualmente a las vivencias del amor y del ágape, de un amor que empieza a comprenderse en perspectiva universal, como superación de barreras y particularidades excesivas.
Todo ello rodea la vida de Jesús, su comprensión de la Torah, su enseñanza. En medio de este ambiente, Jesús de Nazaret va gestando y profundizando su experiencia mística y religiosa. La imagen novedosa de Dios que nos anuncia... en síntesis su Buena Noticia, se genera en la profundización, el contraste y la contraposición con todas estas realidades y vivencias.
 
LA EXPERIENCIA DE DIOS EN EL GALILEO JESÚS DE NAZARET.
No son explícitos los textos al hablarnos de esta experiencia. Los evangelios, se limitan a insistir en el hecho continuado y repetido en la vida de Jesús, de que muchas noches, atardeceres y amaneceres se retiraba para orar. Generalmente nos hablan los evangelio de espacios y tiempos de oración en soledad, en retiro de la cotidianeidad y las relaciones, aún las más cercanas... hay otros momentos en los que se nos muestra una experiencia de Dios en compañía del pequeño grupo de amigos o de amigas. Aunque los relatos no se detienen mucho en comentar esta experiencia mística/religiosa de Jesús, es claro sin embargo, que toda experiencia de oración se refleja y trasluce en la vida y práctica diaria de quien la tiene. Por ello, podemos concluir que la actuación de Jesús de Nazaret, sus relaciones, ideas y sentimientos están enraizadas en la vida y presencia de Dios, con quién se encuentra en soledad e intimidad.
El encuentro y la identidad con su Dios, llevan a Jesús a prácticas muy claras:
Gozo porque la verdad se revela a los pequeños, compasión ante las multitudes hambrientas, compasión ante el dolor, la enfermedad, la muerte. Apertura a la amistad, al encuentro en sororidad y alegría (Betania). Acogida y apertura a la amistad con la mujer, algo no bien visto entre sus contemporáneos judíos. Capacidad de ruptura ante las prácticas legalistas y castradoras de su ambiente y contexto.
Cuando uno contempla tranquilamente las cenas de Jesús en Betania y su compartir con mujeres; la acogida a pecadores, publicanos y prostitutas; su incansable caminar de un lado a otro, anunciando su buena noticia... concluye fácilmente que la experiencia de Dios, le transmite una inmensa, una gran y novedosa libertad, libertad desconocida en su sinagoga y entre los maestros de la ley con los que se enfrenta. Libertad que se alimenta únicamente en un profunda vivencia mística, en un encuentro inédito con Dios, que lo habita, que lo llena, que lo plenifica: El Padre y yo somos uno.
En este sentido los evangelios nos muestran constantemente en Jesús, a un hombre que confronta la ley religiosa o civil/política, desde una vivencia de Dios -ABBA- que desea y proyecta una relación diferente a la vigente en el sistema, entre los hombres y mujeres que quieran ser sus hijos o hijas. Aunque el significado real de este término aplicado a Dios ha sido y continua siendo muy discutido, algo de la intuición sustentada por J. Jeremías[3] sigue iluminando las búsquedas: Jesús siente a Dios como ternura, como seguridad, como amor... experimenta en esa realidad la confianza del niño hacia sus padres. Igualmente se siente a sí mismo ante Dios, como un niño confiado, con los sentimientos renovadores y sanadores de una infancia segura y no carente.
Sin embargo la discusión en torno a este vocablo hay que enmarcarla más ampliamente en la discusión en torno al lenguaje sobre Dios. Creo que es importante tener en cuenta lo planteado por Esperanza Bautista:
“El ser humano se dirige al misterio mediante símbolos y dentro de un lenguaje simbólico y, al vivirse a sí mismo como en un diálogo amoroso con Dios, está manteniendo una actitud simbólica que es la que va a determinar su lenguaje religioso...
... En el desarrollo de la Iglesia primitiva se produjo un proceso de patriarcalización evidente, pero no se puede afirmar con rotundidad que la metáfora paterna aplicada a Dios fuese el origen de ese proceso de patriarcalización; quizás fuese esta la justificación, secreta y oculta en el subconsciente de los responsables de la iglesia naciente, para legitimar ese proceso que tan poca relación tiene con el mensaje de Jesús...”[4].
En cualquier caso la forma en que Jesús nombró a Dios, hay que mirarla en íntima relación con la forma en que lo transparentóen su vida y relaciones.
Hay que tener en cuenta sin embargo, que Jesús no concibió a Dios en una manera radicalmente fuera de lo pensable en su situación familiar, social y religiosa. Prefiguró y señaló muchas rupturas, sí... pero creo que cuando se lo representó, se lo representó como varón, lo que no se puede asimilar a patriarcal.
 
EL DIOS DEL REINO Y LA PATERNIDAD QUE ANUNCIA JESÚS EN SU ENSEÑANZA.
Me voy a centrar ahora en algunas parábolas del evangelio, especialmente de Lucas, en las que me parece que la imagen de Dios presentada por Jesús porta los rasgos más revolucionarios en su época y contexto. Nos detendremos en la llamada Parábola del Hijo pródigo (otras traducciones hablan del padre perdonador), yo creo que sería mejor llamarla Parábola del Hijo menor. Este texto siempre ha sido interpretado en la perspectiva de actitudes y sentimientos de bondad y misericordia por parte del padre. A mi juicio, sin embargo lo que se juega en él es mucho más. Este microrelato está inscrito en un contexto en el cual las parábolas y palabras todas de Jesús entran en un juego de contraste y autentica demolición de tradiciones y costumbres: el banquete de invitación en los caminos, los últimos en la boda, el abandono a la familia, el administrador astuto, Lázaro el pobre... (Lucas, capítulos 14 / 16 ). De otro lado el relato nos habla, más que de ofensas y perdones, de haciendas o herencias dilapidadas y de casas abiertas.
Henry Nouwen, desde un punto de vista espiritual, al contemplar el cuadro de Rembrandt apunta un poco en el sentido que quiero desarrollar ahora, porque creo que es el verdadero horizonte del texto[5]. Estoy convencida que esta parábola quiere mostrar un Dios más cercano al orden simbólico de la madre, que a la ley del padre. Miremos esta propuesta en detalle.
El padre en la familia judía patriarcal y en el universo grecorromano, ámbitos en los que se mueve Jesús, es la figura que detecta el poder, pero que igualmente tiene la obligación de guardar y mejorar la hacienda para velar por el porvenir de sus hijos y su familia. En este sentido el poder social y político, se sustenta y respalda en un poder/responsabilidad de carácter económico. El orden patriarcal se sustenta en la transmisión de esa herencia de padre a hijos, proceso en el cual el hijo mayor, es el aliado y principal beneficiario del padre. El primogénito, hereda con la hacienda la responsabilidad de sustentar a las mujeres de la familia y a los vástagos débiles:
“En el mundo mediterráneo, la familia podía incluir al padre, la madre y al primogénito y su familia, así como a otros hijos solteros... Era normal que el primogénito heredase la casa paterna; por esta razón permanecía en ella, mientras que sus hermanos casados se establecían cerca...”[6].
En este sentido el padre/patriarca no puede, de ninguna manera, dilapidar los bienes familiares, que no le pertenecen sólo a él, sino también a su hijo mayor.
Ya resulta extraño un progenitor que entregue a su hijo menor parte de su hacienda, ello va en menoscabo del conjunto y por tanto en contravía de su poder y responsabilidad... pero lo que resulta totalmente inaudito, es que una vez que el hijo ha dilapidado la hacienda, el padre vuelva a darle parte en lo que ha quedado de ella: le coloca un anillo en su dedo, símbolo de que es uno de sus hijos/herederos, le ofrece una fiesta/banquete, en la que sacrifica lo mejor de su ganado... La reacción del hijo mayor es completamente lógica: su padre ha roto las reglas de juego.
Ahora la pregunta es: ¿por qué rompe esas reglas?, ¿por sus entrañas de misericordia?, ¿qué lo llevó entonces anteriormente a romperlas y darle la herencia al muchacho? En términos de antropología cultural no es sostenible aquello de que Dios nos deja en absoluta libertad para actuar. Aquí se está planteando una cuestión de sistemas, sistemas familiares patriarcales. Yo creo que el padre de la parábola tiene un comportamiento que cuestiona el orden (derecho) paterno, que deja bastante indefensos y por tanto dependientes a los débiles del grupo familiar.
La parábola muestra otras formas posibles de relaciones familiares, deja ver un rostro de Dios, que rompiendo con la tradición patriarcal reactualiza memorias diferentes, alternativas que permanecen en lo oculto.... Cuando Bachofen estudia el derecho materno en sociedades arcaicas, dice:
“El privilegio otorgado a la relación entre hermanas y al último vástago son ejemplos ilustrativos. Ambos pertenecen a los privilegios matriarcales del derecho de familia, y los dos son apropiados para acreditar su pensamiento fundamental desde nuevos prismas... el privilegio del último vástago supone ligar la continuidad de la vida a aquella rama del tronco materno que, por haber sido engendrada en último lugar, también será la última en alcanzar la muerte”[7].
Y continuando su reflexión sobre esa memoria de la relación con la madre que guarda íntimamente la humanidad, añade aún:
“En las estructuras más profundas y oscuras del hombre, el amor que une a la madre con el fruto de su cuerpo forma el foco de luz en la vida, el único claro en la oscuridad moral, el único deleite en medio de la miseria más profunda...
Si en el principio paterno impera el límite, en el principio materno rige la universalidad[8].
En nuestra parábola las mujeres han desaparecido, como en otras ocasiones en la Biblia. En la familia de este hijo menor no existen ni madre ni hermanas... el es el único que se resiste al orden impuesto por el padre y sobre todo por el hijo mayor, el heredero. Sin embargo, nos encontramos con un padre que maneja la hacienda y la relación con sus vástagos en otra perspectiva, en otra órbita. Una perspectiva que lo coloca más de lado de lo que podríamos considerar un orden, una lógica materna o femenina[9]. Bastaría esta parábola para comprender que el padre propuesto por Jesús, como imagen de Dios, no puede ser ni asimilado, ni siquiera acercado a un Dios patriarcal. En términos del sistema y ordenamiento patriarcal, la conducta de este padre, que, cuando divisa a lo lejos al hijo menor que regresa cercado por el hambre, lo constituye de nuevo en heredero, resulta cuando menos, irresponsable.
Cuando Karen Jo Torjesen, nos plantea en su obra[10], el que las mujeres judías y romanas de los primeros siglos de esta era, también asumían funciones de dirección y jefatura en la familia, el problema que subsiste, no es, quiénes asumían estas funciones... sino cómolo hacían. En términos generales las mujeres contemporáneas de Jesús y en especial las matronas romanas ejercían su autoridad doméstica, al servicio del ordenamiento patriarcal, ajustándose a él. No es, por el contrario, el caso del padre de la parábola.
A mi juicio uno de los grandes daños que la tradición eclesial ha hecho al evangelio, es haber capturado la experiencia de Dios que transmitió Jesús, en una imagen monolítica patriarcal. De esta manera la ley del padre, se ha quedado sin la posibilidad de una crítica real, sólida y alternativa; entre otras cosas porque ha sido sacralizada. Y el derecho fijado a partir de esa ley, es un derecho, que como muy bien sabemos:
“... carece de una visión antropológica universal: permanece inválido ante los millones de seres humanos que mueren de hambre; es inoperante frente a la violencia contra la mujer; castiga en lugar de proteger a los millones de niños y niñas que deambulan por las calles; sus instrumentos coercitivos imponen el sufrimiento y la tortura...”[11].
Desde mi perspectiva, si queremos en nuestra experiencia de Dios, reencontrarnos con caminos radicalmente diferentes, que respondan a las inquietudes y dolores de las mujeres de hoy, víctimas de siglos de herencia patriarcal... podemos volver a leer y releer esta parábola, asumiendo sus consecuencias: un Dios Padre, que protege al menor, que quiebra los derechos de progenitura, que instaura un comportamiento más allá o más acá de la ley patriarcal. Es necesario tener en cuenta que el cambio que requiere nuestro ordenamiento social no se consigue por comportamientos de buena voluntad, sino por una transformación radical de las coordenadas y estructuras en las que nos movemos:
“Hasta que no se rompan los círculos viciosos de un cierto orden simbólico, que para las mujeres es más bien un desorden, la realidad continuará actuando a favor del poder fálico y de una oposición rígida entre autonomía y dependencia.
El desorden más grande que pone en duda la posibilidad misma de la libertad femenina, es la ignorancia de un orden simbólico de la madre, también por parte de las mujeres...” [12].
En esta perspectiva la lectura de la palabra de Jesús, reseñada en Lucas 15, 11... se abre a nuevas preguntas, lecturas y posibilidades: ¿Por qué el hijo menor se marchó de la casa? ¿Puede haber razones que vayan más allá de nuestra condena moral: le faltaba espacio? ¿Se asfixiaba en un orden que no lo tenía en cuenta? (En los sistemas que perpetúan la herencia concentrada en el Hijo Mayor, a los menores se les expulsa de alguna manera de la casa paterna, deben salir a rebuscar su vida...) ¿Dónde estaba su madre?, ¿quiso vivir una experiencia de descenso a lo profundo de sus límites? Experiencia que todo sistema cerrado impide. El hijo menor siempre ha sido visto como el malo del paseo y sin embargo, la pregunta es: en el sistema patriarcal la ley del padre, no resulta muchas veces opresiva, para quienes no tienen el poder? La conducta del padre, ignora por cierto cualquier condena ante la búsqueda de este hijo menor. ¿Qué hay que leer en la respuesta del hijo mayor, más allá de su egoísmo, repetido hasta el cansancio en predicas y reflexiones? ¿Qué derechos legítimos en su lógica, se le estaban vulnerando? Para las nuevas generaciones de mujeres esta parábola, la figura de este padre/materno, está aún bastante inédita y su relectura puede abrir caminos interesantes y liberadores.
No podemos olvidar la insistencia de Jesús de Nazaret, en el sentido de que una condición para entrar en el reino de los cielos es hacernos como niños, su invitación a mantener nuestro corazón como el que tenemos en la infancia... En esta temática, el Evangelio Copto de Tomás es bien diciente:
“Jesús vio mamar a unos niños y dijo a sus discípulos: Esos pequeños que maman leche, se parece a quienes entran en el Reino. Ellos le dijeron: ¿Haciéndonos niños, entraremos en el Reino? Jesús les dijo: Cuando hagáis de los dos Uno y cuando hagáis la parte interior como la exterior y la parte superior como la inferior, de modo que hagáis un solo al varón y a la hembra... entonces entrareis en el Reino”[13].
Sicoanalistas tanto hombres como mujeres, afirman que mientras el niño o la niña, mantienen con su madre, este tipo de relación alimentaria, se mueven en el orden simbólico de la madre y que su entrada a ley del padre, coincide precisamente con el proceso de destete del lactante. En este sentido se iluminan las palabras de Jesús recogidas por la comunidad de Tomás.
La cuestión que surge es: ¿dónde o de quién toma y aprende Jesús esta otra mirada? Es claro que sólo una tradición femenina que actúa desde el margen y que lo influye, puede darle esa otra mirada, esa otra palabra, que indiscutiblemente nos remite a una transmisión femenina de la experiencia del mundo, tal como la que nos describe, la escritora caribeña / canadiense:
“La madre entonces puso sus dedos dentro de la boca de su bebé -suavemente forzando una apertura; toca con su lengua la lengua de su bebé y sosteniendo la boquita abierta, sopla en ella -con fuerza, soplaba palabras- sus palabras, las palabras de su madre, las de la madre de su madre, y de todas las madres anteriores- dentro de la boca de su bebé”[14].
Si complementamos la relectura de este microrelato, con la del texto sobre La Gran Cena o el Gran Banquete, que aparece en Lucas 14,15 o en Mateo 22,1... encontramos de nuevo una conducta que va más allá de sentimientos de acogida, apertura o compasión y que se ubica en la ruptura de normas y reglas de juego de un sistema económico y cultural concreto. Esta cena o banquete (ejemplo tomado por Jesús de la tradición sapiencial femenina como puede verse en: Proverbios 9, 1-6) es ofrecida por un hombre, jefe de la casa, pater familia, sólo el hombre, en esta etapa histórica y sistema, tiene la capacidad y el poder de decisión de compartir su hacienda. En la parábola de Jesús, las criadas de la invitación en Proverbios, han sido sustituidas por criados. Ese compartir, entre hombres, tiene unas reglas: la hacienda hoy como ayer, se comparte con quiénes son iguales, con quienes a su vez comparten, porque se trata de un sistema que se refuerza a sí mismo en el intercambio. Romper estos intercambios y plantear una entrega generosa de la hacienda a todos aquellos y aquellas que andan por los caminos, es situarse de nuevo, en otro orden, en un marco simbólico que no retiene, sino que ofrece: En el nivel de lo estructural, esto supone una sociedad regida por un orden simbólico distinto, no solamente por otra ley. El mismo caso nos encontramos cuando Jesús plantea que no se invite a quien puede retribuir, sino a quien no puede ofrecer nada a cambio de lo que yo le doy... Esto sólo se puede inscribir, en lo planteado por José Luis Carabias:
“El Dios de Jesús es un Dios-Loco para los representantes del Dios oficial. Jesús sustituye la fidelidad al Dios de la ley, por la fidelidad al Dios del encuentro, la liberación y el amor”[15].
En un mundo regido por los rigores de la ley patriarcal, no encontramos una imagen para esta vivencia de Dios, por ello, al crear las imágenes, al interior de este modelo, se traiciona la vivencia.
 
MIRANDO HACIA ADELANTE.
Si volvemos al punto de partida: intentar acercarnos a la vivencia de Dios que reflejan los evangelios en Jesús de Nazaret, podemos afirmar que aunque no es fácil sacar conclusiones muy distintas a las preconstrucciones tradicionales porque el material con el que se cuenta es poco, sí es legítimo buscar y señalar caminos nuevos, inexplorados... que puedan ser recorridos por las nuevas generaciones de creyentes, para iluminar su estancia en un mundo y en unas sensibilidades e inquietudes distintas y hasta un cierto punto inéditas.
En este sentido es necesario recuperar voces de seguidores y seguidoras de Jesús, que han sido marginadas del gran tronco central y silenciadas una y otra vez.... Juliana de Norwich, mística inglesa del siglo XIV, encontró que la revelación de Dios en Jesús la llevaba a unos brazos amorosos de padre y madre:
Tan de verdad es Dios nuestro padre como es nuestra madre. En nuestro padre, Dios todopoderoso, tenemos nuestro ser; en nuestra madre misericordiosa somos creados y restaurados de nuevo...
Soy yo, la fuerza y bondad de la paternidad. Soy yo, la sabiduría de la maternidad. Soy yo la luz y la gracia del santo amor... Soy yo quien te enseña a amar. Soy yo quien te enseña a desear...”[16].
La vivencia de Dios en Jesús, muy poco explícita en los textos bíblicos, quizás un poco más ampliada en la literatura gnóstica apócrifa, definitivamente no puede encerrarse ni agotarse en fórmulas siempre condicionadas por la mirada cultural e ideológica que las acuña. Esa vivencia en quien ha sido, para una gran parte de la humanidad, la máxima revelación de la divinidad permanece abierta siempre, a nuevas relecturas, sólo así podrá enriquecernos en todos los caminos por hacer.
 
 
 
 
[1] Dorothee Solle, Reflexiones sobre Dios, Editorial Herder, Barcelona 1996.
[2] En esta línea se inscriben concretamente los textos de: Geza Vermes, judío: Jesús el judío y la religión de Jesús el judío, Marie Vidal, católica: Jesús el judío y el shabat, y Un judío llamado Jesús.
[3] Joachim Jeremias, Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Editorial Sígueme, Salamanca 1983.
[4] Esperanza Bautista: DIOS, En: Mercedes Navarro, Directora, DIEZ MUJERES ESCRIBEN TEOLOGÍA, Editorial Verbo Divino, Estella 1998.
[5] Henry J. M. Nouwen: El regreso del hijo pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, Editorial PPC, 7ª Edición, Madrid 1995.
[6] Bruce J. Malina: El mundo del Nuevo Testamento, Perspectivas desde la Antropología Cultural, Editorial Verbo Divino, Estella 1995.
[7] Johann Jakob Bachofen: Mitología arcaica y derecho materno, Edición de Andrés Ortiz-Oses, Anthropos Editorial del Hombre, Barcelona 1988.
[8] Idem.
[9] En el análisis semiótico, que hace de la parábola, El Grupo de Entrevernes, se muestra cómo el padre asume funciones maternales. Refiriéndose al momento del reencuentro o de la acogida al hijo en su vuelta, se dice: “Como dicho papel es asumido a menudo por un personaje de madre, podemos considerar la compasión, los besos y el reparto de los bienes (participación en la tierra familiar nutricia) como elementos figurativos de papel materno”. Grupo de Entrevernes: Signos y parábolas, Semiótica y Texto Evangélico, Ediciones Cristiandad, Madrid 1979.
[10] Karen Jo Torjesen: Cuando las mujeres eran sacerdotes, Ediciones El Almendro, Córdoba 1996
[11] Marena Briones Velastegui: La falsedad del discurso jurídico, Revista FEMPRESS, tomado de Internet.
[12] Luisa Muraro: El orden simbólico de la madre, Editorial horas y HORAS, Madrid 1984.
[13] Manuel Alcalá: Los evangelios de Tomás el Mellizo y María Magdalena, Ediciones Mensajero, Bilbao 1999.
[14] Marlene Nourbese Philip: Discurso sobre la lógica del lenguaje, Citado por Elizabeth Russell, La evocación de la frase maternal, en: AA. VV. Escribir en femenino, Editorial Icaria, Barcelona - 2000
[15] José Luis Carabias: El Dios de Jesús, EDYCAY, Cuenca 1985.
[16] Juliana de Norwich: Envueltos en amor, Editorial PPC, Madrid 1999.

Opción por los Pobres = Opción por la Justicia (Nicaragua)


Resumen

Debido al irrefutable fundamento bíblico, evangélico y teológico de la «opción por los pobres» -marca registrada de la teología latinoamericana de la liberación-, y dada la fuerza de su propia evidencia interna, la única posibilidad de combatirla ha sido la estrategia de desnaturalizarla, convirtiéndola en «preferencial» y pretendiendo que su fundamento fuese la «Gratuidad» de Dios, con lo que resultaría susceptible de ser desplazada al campo de la caridad asistencialista políticamente conservadora. Algunos teólogos de la liberación parecen haberse acomodado a esa estrategia. El autor la denuncia y muestra que la opción por los pobres es no es preferencial sino alternativa y exclusiva, y que no se basa en la Gratuidad de Dios sino en su Justicia.

Situación de la cuestión
 
Siempre dijimos que la OP[1] se fundamenta en Dios mismo, en el ser de Dios, y que tiene por tanto naturaleza «teocéntrica»[2]: de alguna manera, podemos decir que Dios mismo hace opción por los pobres[3], Dios «es» opción por los pobres. Y era un consenso universalmente sentido que esta OP se basaba precisamente en el Amor-Justicia del Dios bíblico y cristiano[4].
Sin embargo, con el advenimiento de la «crisis de la TL», algunos autores suavizaron su discurso sobre la OP, prefiriendo abandonar la perspectiva del Amor-Justicia[5] y sustituyéndola casi completamente por la de la «gratuidad» de Dios como fundamento de la OP. En este nuevo planteamiento, Dios, simplemente «prefiere» a los pobres, tiene una «debilidad» misericordiosa, una «ternura» incontenible hacia ellos, y a este hecho no habría que buscarle muchas razones, precisamente por ser «gratuito».
La OP resultaría ser una especie de «capricho» de Dios, hacia los «pequeños, los débiles, los insignificantes». De éstos sería de quienes hoy habría que hablar, y no ya de «los pobres» en el sentido fuerte[6] del discurso clásico, que hoy estaría ya sobrepasado. La misma teología de la OP debería desvincularse del tema fuerte de la Justicia y ser adjudicada al tema suave de la gratuidad.
Mi tesis es que este corrimiento o desplazamiento del acento desde la Justicia hacia la Gratuidad de Dios como fundamento de la OP deteriora y finalmente malversa dicha opción -consciente o inconscientemente-, al convertirla en una simple "preferencia", un "amor preferencial", una simple prioridad de orden en la caridad[7], dejando de ser una verdadera «opción», una toma de partido disyuntiva y excluyente, como una opción fundamental, fundada para nosotros en la misma naturaleza de Dios.
No niego que tenga algún sentido afirmar que «Dios tiene una preferencia gratuita por los pequeños y los débiles»; pero sostengo que tal «preferencia» no puede ser identificada en un sentido preciso con la OP, ni mucho menos puede ser puesta como fundamento de la misma. Confundir la OP con esa «preferencia de Dios hacia los pequeños y los débiles», o con el llamado «amor preferencial por los pobres», y aplicarle el mismo nombre de OP, es ser víctima de la confusión, o ceder ante la estrategia de quienes han intentado resignificar y ocupar el término OP para despojarlo de su contenido propio. La OP original y clásica latinoamericana, la típica de la teología y la espiritualidad de la liberación, la OP por la que murieron nuestros/as mártires, y que también nosotros consideramos «firme e irrevocable», es otra, y debe ser distinguida de cualquier sucedáneo. Una fidelidad valiente y lúcida debe rechazar consciente y explíticamente esta pretendida fundamentación de la OP en la «gratuidad» de Dios. Es lo que quiero ayudar a aclarar tratando de reencuadrar teológico-sistemáticamente la naturaleza misma de la OP.
 
Primera tesis: En sentido estricto, Dios ama sin preferencias ni discriminaciones
 
Afirmar lo contrario sería, en buena parte, un antropomorfismo.
Dios quiere y ama a todos/todas por igual, con un amor tan peculiar para cada persona, y a la vez tan infinito, que no hay posibilidad de cuantificaciones ni de comparaciones en ese amor. Toda persona puede sentirse amada infinitamente por Dios, y nadie debe sentirse «preferido» o discriminado positiva ni negativamente. No es posible hablar seriamente de «amores preferenciales» de parte de Dios respecto a algunos seres humanos frente a otros. Lo exige la suprema dignidad de la persona humana y la ecuanimidad infinita de Dios. Y todo lo que se aparte de aquí, sólo pueden ser formas inadecuadas de hablar, "demasiado humanas", antropomorfismos.
Dios no tiene parcializaciones, ni «acepción de personas». No las tiene por motivos de raza, ni de color, género o cultura… Dios ama a todas sus creaturas, con amor realmente «incuantificable e incomparable», en el que no caben preferencias ni discriminaciones.
 
Segunda tesis: Dios opta por la Justicia, no preferencialmente, sino alternativa y excluyentemente
Hay sin embargo un campo en el que Dios es necesariamente radical e inflexiblemente parcial: el campo de la justicia. Ahí Dios se pone de parte de la justicia y en contra de la injusticia, sin la menor concesión, sin la menor «neutralidad», y sin simples "preferencias": Dios está contra la injusticia y se pone del lado de los «injusticiados» (las víctimas de la injusticia[8]). Dios no hace ni puede hacer una opción «preferencial» por la justicia[9]: sino que opta por ella posicionándose radicalmente contra la injusticia y asumiendo de una manera total la Causa de los injusticiados.
Esta opción de Dios por la Justicia no se fundamenta en su «gratuidad», ni es una especie de «capricho» divino que pudiese haber sido de otra manera o simplemente no haber sido, como si la sanción divina de la justicia obedeciese a un simple voluntarismo ético[10].
La opción de Dios por la Justicia se fundamenta en su mismo ser: Dios no puede ser de otra manera, no podría no hacer esa opción sin contradecirse y sin negar su propio ser. Porque Dios es misericordia[11], Dios es, "por naturaleza", opción por la Justicia, y esa opción no es gratuita (sino axiológicamente inevitable), ni contingente (sino necesaria), ni arbitraria (sino fundada per se en el mismo ser de Dios), ni «preferencial» (sino alternativa, exclusiva y exluyente[12]).
 
Tercera tesis: La OP es opción por los «injusticiados»
El concepto «pobres», como parte de la expresión «opción por los pobres», ha causado cierta confusión. En efecto, si la opción es «por los pobres», explicablemente sobreviene la tentación de situar en la «pobreza» el fundamento de tal opción, ya sea identificando falsamente pobreza con santidad (lo cual se obvió desde el principio), o reelaborando metafóricamente el concepto de «pobreza» en diferentes direcciones[13], o derivándolo hacia cualquiera de los grupos que en el AT parecen ser objeto de una «preferencia» de parte de Dios (los «débiles y pequeños»…), o por otros muchos caminos[14].
Se podrá evitar estos desvíos si se trae a luz el papel teológico que el concepto de «pobres» juega concretamente en la expresión «opción por los pobres». Teológicamente hablando, «pobres» funge ahí exactamente como «injusticiados». Porque Dios no opta por los pobres en cuanto pobres (materiales, económicos), sino en cuanto «injusticiados». La pobreza económica no es por sí misma una categoría teológica, sino la injusticia que puede darse en esa pobreza económica. Teológicamente considerada, la «opción por los pobres» es en realidad «opción por los injusticiados»[15]. Si se llama opción «por los pobres», ello se debe a que, quoad nos, los pobres (económicos) son el primer analogado de la injusticia y su expresión máxima o por antonomasia.
Hablando con precisión teológica, los destinatarios de esta OP no pueden ser identificados sin más como los «pobres económicos» por sí mismos, ni los «pobres que son buenos», ni los que son «pobres en algún sentido», o los que tienen «espíritu de pobres»... (delimitaciones todas ellas muy lábiles, resbaladizas, a causa de los juegos metafóricos del lenguaje), sino los «injusticiados», sean pobres económicos o no, metafóricos o no.
Por el contrario: los «pequeños y los débiles», o sea, todos aquellos cuya «pobreza» no puede ser medida en términos de injusticia[16], no deben ser identificados como destinatarios netos de la OP, sino por extensión metafórica. Pueden ser objeto de una «ternura especial» y gratuita por parte de Dios y nuestra, pero este sentimiento y esta actitud no deben ser confundidas con la OP
Toda problemática humana que sea convertible en injusticia –aunque no tenga que ver con la «pobreza» en sentido literal o económico- es objeto de la OP (porque ésta es opción por la justicia). Así, la discriminación étnica, de género, cultural… como formas de injusticia que son, y aunque no se den junto con situaciones de pobreza económica, son objeto de la OP. No lo son por ser formas de pobreza -que no lo son-, sino por ser formas de injusticia.
La opción por la cultura despreciada, por la raza marginada, por el género oprimido… no son opciones diferentes de la OP, sino concreciones diversas de la única «opción por los injusticiados», a la que llamamos OP.
 
Cuarta tesis: La esencia teológico-sistemática de la OP y su fundamento es la opción de Dios por la Justicia. 
 
Teológicamente hablando, en sentido dogmático-sistemático, la verdadera naturaleza de la OP, es la opción de Dios por la Justicia. La «radiografía teológica» de la OP, el fundamento sobre el que se sostiene, lo que en realidad la constituye, es la opción de Dios por la justicia[17].
Si se ignora su relación con la justicia y se la emparenta con una simple «voluntad gratuita» de Dios, la OP se extravía por caminos que la desvirtúan, la mixtifican y desnaturalizan, acabando por convertirla en un simple "amor preferencial", o una opción opcional, facultativa, gratuita, arbitraria, contingente, desvinculada de la justicia, reducida a «caridad» o beneficencia.
La OJ de Dios es mayor que -y anterior a- lo que la TL latinoamericana captó y expresó como OP. La OP no es sino una captación -importante pero no agotadora de la totalidad- de esa opción de Dios por la justicia. La OP es una forma nuestra de percibir, de expresar y de asumir esa opción de Dios por la Justicia
«Opción por los pobres» es un nombre pastoral, histórico, escogido en función de su inteligencia inmediata. Pero, teológico-sistemáticamente considerada, es decir, atendiendo a su esencia teológica más profunda, la OP «es» opción por la justicia y el nombre que mejor expresaría su naturaleza teológica sería el de «opción por los injusticiados»[18]. No abogamos por un cambio de nombre; simplemente llamamos la atención sobre el hecho de que el nombre no coresponde a lo que sería una «definición esencial»[19] de la OP. 

Quinta tesis: Como opción por la justicia que es, la OP no es preferencial, sino disyuntiva y excluyente. Por el contrario, la OPP es simplemente una prioridad y ni siquiera es una «opción». 
 
La OP es una toma de posición espiritual, integralmente humana, y por tanto también social y política, a favor de los pobres en el marco del conflicto social histórico, y por eso es una opción disyuntiva y excluyente[20], que exige tomar partido a favor de unos y en contra de otros[21].
La «opción (no preferencial) por los pobres» (OP) pertenece al campo de la justicia y se fundamenta en la opción misma de Dios por la justicia. Por el contrario, la «opción preferencial por los pobres» (OPP) pertenece a ámbito de la caridad[22] y puede ponerse en relación con la gratuidad de Dios. La OP no tiene aplicabilidad ante las pobrezas naturales. La OPP, por el contrario, sólo tiene validez para las pobrezas naturales.
La OP ve la pobreza como una injusticia a erradicar mediante el amor político y transformador, mediante una praxis social, como acto de justicia. La OPP, por su parte, ve la pobreza como algo lamentable pero tal vez natural, como algo que simplemente hay que compensar con actos de generosidad gratuita, asistencialmente.
La «preferencialización» de la OP, o sea, el desplazamiento o la sustitución de la OP mediante la OPP, funge como un ocultamiento de las coordenadas de la justicia para mirar la realidad sólo desde la perspectiva de la beneficencia o el asistencialismo. O como la reducción del amor cristiano a una misericordia privatizada y una solidaridad espiritualizada. Un cristianismo con OPP pero sin OP es funcional a cualquier sistema injusto. La oposición a la OP -y en general, a la teología y espiritualidad de la liberación en cuyo seno aquella nació- ha fungido como el principal objetivo de quienes han intentado revertir la renovación posconciliar de la teología y la espiritualidad latinoamericanas con Medellín y Puebla, y como la vuelta a una Iglesia que legitima del sistema capitalista y neoliberal que también hostilizó frontalmente a la Iglesia de la liberación latinoamericana y a sus innumerables mártires.
Aplicado a la OP, el adjetivo «preferencial», al implicar una relación de simple prioridad entre términos exentos de disyuntiva o mutua exclusión, desnaturaliza la OP, convirtiéndola en una simple prioridad o preferencia de orden y al negar la posibilidad de una opción radical por uno de los términos sometidos a relación de preferencia. Por eso, rigurosamente hablando, la OPP no es OP, sino, como han han expresado sus teóricos, un simple «amor preferencial» o una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana». Es una prioridad, y ni siquiera es una «opción», en el sentido fuerte de la palabra[23]. La adición del adjetivo «preferencial» ha fungido en muchos casos como «caballo de Troya» que ha introducido en la OP el germen de su misma desnaturalización. Afortunadamente, son muchos los que han adoptado sólo externamente el uso del adjetivo, por las presiones del entorno, sin abandonar interiormente la comprensión y la vivencia radical de lo que es la genuina naturaleza de la OP, no preferencial, exclusiva y excluyente.
 
Aplicaciones y corolarios
OP: transcendental al nivel de la norma normans
 
En su sentido teológico-sistemático (antes pues, o más allá de su aplicación concreta a mediaciones no teológicas, y bien distinguida de éstas), la OP es un transcendental que sobrepasa y atraviesa las dimensiones teológicas y pertenece esencialmente a la misma imagen del Dios bíblico y cristiano. Nuestro Dios «es» -por lo más nuclear de la revelación bíblica[24] y cristiana, y por sí mismo- opción por la justicia[25], con absoluta precedencia y con total independencia de toda escuela teológica o de cualquier carisma o espiritualidad en la que nos movamos. En esta calidad, la OP no es susceptible de ser normada por dimensiones subalternas[26] (se sitúa en el nivel máximo de la norma normans); y, percibida en conciencia, ha de ser obedecida como en obediencia a Dios mismo, con disposición de espíritu para la prueba del amor mayor.
En este mismo sentido, la OP no es una «teoría» de la teología latinoamericana de la liberación, sino una dimensión transcendental del cristianismo, dimensión que esa teología ha tenido el mérito de redescubrir -para el cristianismo universal- como vinculada a la esencia misma de Dios. Este re-descubrimiento es efectivamente «el mayor acontecimiento de la historia del cristianismo en los últimos siglos»[27], y marca un antes y un después, imborrable y sin retorno, para aquéllos para quienes la OP ha sido una experiencia espiritual de conversión al Dios de los pobres. La OP ha de ser considerada como «firme e irrevocable» y como una «nota de la verdadera Iglesia».
 
Pobreza, riqueza e injusticia 
 
Respecto a la identificación de la OP como opción por la justicia, podemos hacer alguna prolongación en lenguaje más aplicado.
• Si la pobreza de una persona o grupo es debida a que ha sido víctima de la injusticia[28] -y en esa medida-, Dios está de parte de ese pobre, contra su pobreza, y contra los causantes de esa pobreza-injusticia. Y lo está, necesariamente, de un modo «excluyente» de la injusticia de los injustos, y no simplemente con una «opción preferencial no excluyente». 
Si se trata de alguna «pobreza» que no tenga que ver con la justicia («pobrezas naturales», de raza, de género, de cultura…) Dios no hace discriminaciones a ese respecto, ni «prefiere» en ese campo a nadie. Dios no prefiere ni posterga a ninguna raza o género o cultura por sí mismos.
• Si la riqueza de una persona o grupo implica injusticia -y en esa medida-, Dios está decididamente contra esa riqueza, contra el modo de vida que la genera, porque Él está de parte de los que sufren las consecuencias de la injusticia y en contra de los que la causan. Y está en esa actitud de un modo necesario y de un modo que excluye esa injusticia, y no con una opción sólo «preferencial hacia el pobre» pero no radicalmente excluyente del «modo de vida del rico»[29] que produce esa injusticia.
Si hay alguna riqueza que no tiene que ver con la injusticia (cualidades psicológicas, género, dones corporales y/o espirituales, azar…) Dios no hace ahí discriminaciones: ni prefiere ni posterga a nadie.
Dicho de otra manera:
• Si en la realidad social sólo vemos personas blancas o negras, pequeñas o grandes, fuertes o débiles, significantes o insignificantes…  (es decir, diferencias simplemente naturales, no dialécticas, no conflictivas, no políticas[30]), sólo podremos llegar a pensar que Dios tiene alguna «preferencia» concretamente hacia los pequeños, débiles, insignificantes… pero no una «opción» o toma de partido excluyente (porque esto sería injusto de parte de Dios). El fundamento de esa «preferencia», efectivamente, podría ser la «gratuidad» de Dios, y la acción que postularía de parte nuestra sería la beneficencia, la limosna o el asistencialismo. Este es el caso de la OPP.
• Si en la realidad social somos capaces de ver personas empobrecidas por otras enriquecidas[31], razas dominantes frente a culturas dominadas, un género opresor frente a otro oprimido… podemos llegar a la captación de la evidencia de que Dios ahí no puede tener simples «preferencias», sino que toma verdaderas «opciones» y «se pone de parte de» los injusticiados y «en contra» de la injusticia, y esa opción de Dios es radical, disyuntiva y excluyente de la contraria. Su fundamento teológico no es la gratuidad de Dios, sino su Justicia, y, consecuentemente, conlleva hacia nosotros la exigencia de una «opción» semejante: radical, disyuntiva, exclusiva, con implicación de opción por un lugar social, y con un compromiso de praxis de transformación histórica. Es el caso de la OP.
 
El concepto de justicia como mediación 
 
Lógicamente, los principios teológicos están obligados a pasar necesariamente por el filtro ulterior de diversas mediaciones filosóficas, sociológicas y hasta políticas, a la hora de ser puestos en práctica sobre la arena de la realidad.
Por ejemplo: el concepto mismo de «justicia», con todas sus implicaciones filosóficas, sociológicas, políticas y hasta culturales, será una mediación especialmente influyente en el campo de esta «opción por los pobres». Hay un concepto capitalista de justicia, hay otro socialista, hay otro neoliberal, hay otro imperialista… Las personas estamos influenciadas por uno u otro según el «lugar social» que ocupamos, o por el que optamos. Para quien la justicia sea simplemente «dar a cada uno lo suyo», un mundo de extremas desigualdades puede parecer justo si -por ejemplo- sólo valora la actual legalidad de la propiedad privada absolutizada. No se lo parecería a ninguno de los Padres de la Iglesia, ni a quien haga suyo el concepto de justicia social distributiva y democrática de la la doctrina social de la Iglesia, porque estas personas operan con un concepto de justicia muy diferente.
En este sentido, a pesar de referirnos teóricamente a un mismo Dios, y a pesar de aceptar tal vez como evidente su opción por la justicia, la visión de la voluntad de Dios sobre el mundo puede ser diversa o hasta contraria en unos cristianos y en otros. ¿Dónde está el origen de esa discrepancia?
Podría no estar en el concepto mismo que tengamos de Dios ni de su Proyecto o Voluntad, sino en el concepto de justicia con el que construimos nuestros juicios morales. El origen puede estar en el juicio moral que, desde el concepto de justicia de cada quien, hacemos sobre la pobreza y la riqueza y sobre los mecanismos sociales o estructuras que las generan o producen, sea que los juzguemos como naturales o como históricos, como fatales o como corregibles, como casuales o como causadas, culpables o inculpables, estructurales o coyunturales, producto esencial del sistema perverso o subproducto accidental negativo de un sistema social no necesariamente negativo…). Así, por ejemplo:
-a quien la actual división tan desigual de la riqueza en el mundo (la famosa «copa de champán» de los informes del PNUD) le parezca «natural», pensará también -con buena lógica- que Dios no se pronuncia sobre ella, o que solamente nos exhorta a la limosna, a la beneficencia, a la gratuidad generosa… para paliar esas lamentables diferencias «naturales»…
-a quien, por el contrario, le parezca que tal división del mundo es injusta y pecaminosa, le parecerá -también con buena lógica- que Dios está irritado con ella y que desea ardientemente que sea abolida, y que quiere que le ayudemos a combatir ese injusto desorden con un compromiso radical por la justicia;
-a quien piense que esa situación del mundo es el mayor drama de la humanidad actual... le parecerá también que su superación urgente expresa la mayor y más apremiante voluntad de Dios;
-a quien considere que el neoliberalismo es inocente, o que es «el menos malo de los sistemas»... le parecerá que Dios quiere que lo apoyemos, o incluso que lo «mejoremos» en algunas de sus «deficiencias accidentales».
-a quien, por el contrario, le parezca que el neoliberalismo es injusto, o incluso la mayor injusticia, la más estructural, le parecerá que Dios quiere que combatamos esta estructura de pecado lo más denodadamente posible.
Según esto, parecería claro que el problema teológico se enruta hacia la discusión y el análisis de las mediaciones, y que las discrepancias se situarían no en el nivel propiamente teológico de los principios, sino en el nivel prudencial de las mediaciones. Sin embargo, esto es sólo la mitad de la verdad, porque nuestro concepto de justicia forma parte de nuestra elección de Dios. «Dime qué entiendes por justicia, y te diré cuál es tu Dios». Dime en qué justicia crees y te diré a qué Dios adoras.
Solemos pensar que nuestro concepto de justicia nos viene del Dios creído, pero también lo contrario es cierto: sólo creemos en el Dios que cabe en nuestro concepto de justicia[32]. La opción más fundamental[33] de nuestra vida puede ser aquella por la que optamos por un concepto u otro de justicia, justicia que es a la vez nuestra utopía para el mundo. Nuestra imagen de Dios es hija de la opción por la que elegimos nuestro concepto de justicia y su correspondiente utopía para el mundo. Y viceversa: muchos no llegan a asumir un concepto utópico de justicia porque previamente han hecho la opción por el Dios del egoísmo y de sus riquezas.
La OP es pues a la vez una opción por Dios (de los pobres) y una opción por la Justicia utópica (del Reino). La «opción por los ricos» es a la vez una renuncia al Dios de los pobres y una opción por una justicia resignada al egoísmo. La pción por los pobres o por los ricos, la justicia utópica y la justicia resignada, y el Dios de los pobres o su rechazo, están mutuamente implicados en un círculo hermenéutico. La obediencia a Dios nos la jugamos no en una relación directa hacia Dios, sino en la elección de un ideal de justicia utópica o de una justicia resignada[34]. Principios y mediaciones están más mutuamente implicados que lo que parecería. Dios es justo, y la justicia es divina. La opción por los pobres es a la vez un acto de fe en el Dios de los pobres y una opción ética y humanizante por la justicia (la de los pobres y la de Dios simultáneamente). Por su parte, la opción por el egoísmo es a la vez una injusticia y un rechazo de(l) Dios (de los pobres). Y volvemos al principio: Dios y la OP no se pueden separar, porque la OP se fundamenta en Dios mismo, en Su Justicia. La gratuidad de Dios es otro tema.
 

 
 
 

[1] Utilizaremos las siguentes referencias formalizadas: OP = opción por los pobres; OPP = opción preferencial por los pobres; OJ = opción por la justicia; TL = teología de la liberación.
[2] «Digámoslo con claridad: la razón última de esa opción está en el Dios en quien creemos. (...) Se trata para el creyente de una opción teocéntrica, basada en Dios». Gustavo GUTIERREZ, El Dios de la Vida, «Christus» 47(1982)53-54, México; La fuerza histórica de los pobres, Lima 1980, págs. 261-262.
[3] «Dios se revela como quien hace una opción por los pobres y esa opción es mediación esencial de su revelación»: Jon SOBRINO, voz Opción por los pobres en FLORISTÁN-TAMAYO, Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, Madrid 1993, pág. 899.
[4] A pesar de ser una obviedad, véase la tesis doctoral de Julio LOIS, Teología de la Liberación: Opción por los pobres (IEPALA, Madrid 1986) que estudia la OP en varios de los principales teólogos de la liberación del período clásico.
[5]  Un caso claro puede ser el de Gustavo Gutiérrez. En una ponencia pronunciada ante Ratzinger, afirma: «La temática de la pobreza y la marginación nos invita a hablar de justicia y a tener presente los deberes del cristiano al respecto. Así es en verdad, y ese enfoque es sin duda fecundo. Pero no hay que perder de vista lo que hace que la opción preferencial por los pobres sea una perspectiva tan central. En la raíz de esa opción está la gratuidad del amor de Dios. Este es el fundamenteo último de la preferencia» A partir de ese momento ya no vuelve a aparecer la palabra «justicia» en su disertación y toda la OP gira en torno a la «gratuidad». Cf. Una teología de la liberación en el contexto del tercer milenio, en VARIOS, El futuro de la reflexión teológica en A.L., CELAM, Bogotá 1996 pág, 111. No se trata de un texto aislado, sino, en mi modesta opinión, de una perspectiva suavizada común en la teología de la OP de Gustavo hace más de una década; cfr Pobres y opción fundamental, en Mysterium Liberationis, UCA Editores, San Salvador 1991, 303ss, 310.
[6] Pobres que eran una realidad «colectiva, conflictiva y socialmente alternativa»: C. BOFF, ¿Quiénes son hoy los pobres, y por qué?, en J.PIXLEY-C.BOFF, Opción por los pobres, Paulinas, Madrid 1986, 17ss.
[7] Un amor igual para todos pero que empieza por los pobres y continúa por los ricos, sin hacer entre ellos ninguna diferencia; un «amor igualitario pero con un orden de prioridad», simplemente.
[8] Con una palabra más metafórica, originariamente neotestamentaria, Ellacuría y Jon Sobrino hablan de «los crucificados» de la historia.
[9] Quien opta «preferencialmente» por la justicia, opta también, aunque sea menos preferencialmente, por la injusticia. En el dilema de justicia e injusticia no hay «simples preferencias» posibles: la opción está ante alternativas de una disyuntiva excluyente.
[10] Recordemos la posición teológica medieval (el «voluntarismo ético») de quienes sostenían que el orden moral actual no era necesario sino contingente, y que obedecía a una voluntad positiva y gratuita (arbitraria) de Dios. El orden moral -sostenía esta doctrina- hubiera podido ser otro, incluso el contrario al actual, si Dios así lo hubiese querido en un inescrutable designio arcano de su voluntad.
[11] Cfr. Jon SOBRINO, El principio misericordia, UCA Editores, San Salvador 1992. La relación entre la misericordia y la justicia la ve así GONZÁLEZ FAUS: el hambre de justicia es expresión primera de la misericordia, y ésta es razón última de la justicia; cfr VARIOS, Religiones dela tierra y sacralidad del pobre, Sal Terrae, Santander 1997, pág. 15.
[12] VIGIL, J.M., Opción por los pobres, ¿preferencial y no excluyente?, en Sobre la opción por los pobres, Sal terrae, Santander 1991, pág. 57ss. Ediciones también en Nicaragua (Editorial Nicarao 1991), Chile (Rehue 1992), Colombia (Paulinas 1994), Ecuador (Abya Yala 1998), Italia (Citadella 1992), Brasil (Paulinas 1992).
[13] Como cuando se argumentaba que los ricos eran los verdaderos pobres (pobres en riquezas espirituales, de las que los pobres materiales eran muy ricos)… Se llegó a verdaderos juegos de palabras o malabarismos conceptuales para no entender lo obvio. Casaldáliga dió testimonio poético de ello en sus Bienaventuranzas de la conciliación pastoral: Bienaventurados los ricos, / porque son pobres de espíritu. / Bienaventurados los pobres, / porque son ricos en Gracia. / Bienaventurados los ricos y los pobres, / porque unos y otros son pobres y ricos. / Bienaventurados todos los humanos, / porque allá en Adán, son todos hermanos. / Bienaventurados, en fin, / los bienaventurados / que, pensando así, / viven tranquilos… / porque de ellos es el reino del limbo.
[14] Pobreza de espíritu, pobres de Yavé, virtud de la pobreza, anawin, infancia espiritual…
[15] «Opción por los injusticiados» es una expresión precisa, que escapa a la posibilidad de ser mistificada o metaforizada.
[16] Como es el caso de las pobrezas «naturales», no históricas, sin culpa de nadie.
[17] «La OP concretiza el 'amor’ de Dios -su última definición- como justicia que sale en favor del oprimido»: J. SOBRINO, ibid., pág. 890.
[18] Por eso los nuevos sujetos no necesitan una «opción» por la mujer, el/la indígena» o afro… sino que la misma opción por los «injusticiados» incluye a todos/as ellos/as.
[19] «Definición esencial», al decir de la lógica clásica, es aquella que no sólo discrimina adecuadamente su objeto, sino que lo hace en referencia a su esencia (y no, por ejemplo, en base a un «propio» o a un conjunto de accidentes suficientemente discriminante).
[20] VIGIL, J.M., ibid.
[21] «Pobres y empobrecedores, oprimidos y opresores, reino y antirreino, Dios de la vida e ídolos de muerte… ambos tipos de realidades están en conflicto y en lucha, y la opción por uno es opción contra otro»: Jon SOBRINO, ibid., pág. 891.
[22] O de las clásicamente llamadas «obras de misericordia»; por ello, la OPP puede ser llamada con propiedad, efectivamente, «amor preferencial por los pobres». Eso es lo que es. La OP es otra cosa.
[23] El acto por el que una persona hace su OP o elige su lugar social participa del carácter antropológico existencial que tiene la llamada «opción fundamental».
[24] Dios no tiene favoritismos (Rom 2, 11). El Soberano de todos no hace diferencia entre las personas y no hará caso a la grandeza (Sab 6, 7). Un juicio implacable espera a los podersos; el pequeño tiene disculpas y merece compasión, pero los poderosos serán castigados severamente. El creó a los grandes y a los pequeños y de todos cuida por igual. Los poderosos serán examinados con más rigor. (Sab 6, 6.7b.8). Maestro, sabemos que eres justo y que no tienes acepción de personas… (Mt 22,16). El ser humano mira las apariencias, pero Yahvé mira el corazón… (1 Sm 16, 7).
[25] «La lucha por la justicia es como otro nombre del Dios del Antiguo Testamento y del Dios de Jesús»: Rufino VELASCO, La Iglesia de Jesús, Verbo Divino, Estella 1992, 33.
[26] Eclesiásticas o disciplinares por ejemplo.
[27] «Personalmente opino que con la opción preferencial por los pobres se ha producido la gran y necesaria revolución copernicana en el seno de la iglesia, cuyo significado desborda el contexto eclesial latinoamericano concierne a la Iglesia universal. Sinceramente, creo que esta opción significa la más importante transformación teológico-pastoral acaecida desde la Reforma protestante del siglo XVI». L. BOFF, citado por Julio LOIS, en Teología de la liberación: Opción por los pobres, IEPALA, Madrid 1986, 193.
[28] Es lo que se quería decir con la preferencia del adjetivo dinámico «empobrecidos» (como dinámico es también el concepto de «injusticiado») sobre el nombre estático de «pobres».
[29] Por «modo de vida del rico» entendemos todo lo que implica el rico -excepto su persona misma-: su estilo de vida, su papel social, la Causa a la que objetivamente sirve, su lujo, su explotación de los pobres, su participación en el sistema que los explota…
[30] Ya sea porque así son efectivamente o porque así las queremos mirar
[31] Adviértase el carácter dinámico, activo y procesual de los adjetivos.
[32] SOBRINO llega a decir que «la OP es necesaria para comprender la revelación»: ibid., pág. 885.
[33] Juan Luis SEGUNDO dice que la opción por los pobres funge como una «fe antropológica», como una «apuesta», algo muy cercano a la «opción fundamental». Cfr La OP como clave hermenéutica para entender el Evangelio, en la Revista Electrónicca Latinoamericana de Teología, RELaT, http://servicioskoinonia.org/relat/118.htm
[34] Casaldáliga expresaba el conflicto entre los dos dioses y las dos justicias en su poema «Equívocos»: Donde tú dices ley / yo digo Dios. / Donde tú dices paz, justicia, amor, / ¡yo digo Dios! / Donde tú dices Dios, /¡yo digo libertad, / justicia, / amor!

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