26 agosto, 2011

Oración por los amigos

"Tú conoces, Señor, mi corazón y sabes que todo cuanto me llegues a dar, deseo emplearlo en provecho de mis amigos y por ellos consumirlo. Yo mismo me gastaré de buena gana por ellos. Que así sea, Señor mío, que así se haga.

Mis sentidos y mis palabras, mi descanso y mi trabajo, mis actividades, mi muerte, mi vida, mi salud, mi enfermedad; todo cuanto soy, mi vivir, sentir y pensar, todo lo gastaré por ellos, todo lo entregaré para ellos, por quienes Tú mismo te entregaste.

Tú, Dios nuestro, misericordioso, escucha mis ruegos en favor de aquellos por quienes el cargo y el amor me obligan e inclinan a pedir. A ello me alienta la consideración de tu benignidad. Sabes, muy dulce Señor, cuánto les amo y cómo mi corazón y mi afecto se ocupan de ellos"




El amor sin limites

Quizá habríamos conseguido en nuestra vida una coexistencia pacífica con él. Quizá habríamos llegado a creer que estábamos más o menos en regla con él. Y preveíamos una vida tranquila y feliz y de repente todas esas previsiones se desbaratan y Dios nos pide algo que no nos esperábamos. Es como el anuncio de un niño no deseado.

¿Por qué entrar en nuevas incertidumbres y ansiedades? ¿Por qué salir de nuestra tierra ya conocida y acostumbrada sin saber dónde quiere llevarnos Dios?

Nuestro deseo secreto puede ser que el hombre y la mujer que soy permanezca así en su presencia. Ese hombre, esta mujer representa un status, una situación bien definida, un conjunto de cosas en las que me he instalado, una relación con Dios que me parece suficientemente buena.

¿Qué más hay que desear? ¿A qué más allá hay que ir? El amor sin límites hace irrupción en nuestra vida, viene a perturbar lo que existe, remueve lo que creíamos estable, abre nuevos horizontes en lo que nunca habíamos pensado.


Si rehusamos quizá no ocurra aparentemente nada, pero el amor quedará fijado de una manera relativa y limitada, será un rechazo al amor absoluto y a sus audacias, será una laguna pantanosa y no un lugar en alta mar.

Señor del amor sin límites, rompe tu mismo las amarras que nos retienen. Ya no volveré más a ti, ribera que me era familiar. Señor del amor sin límites, que viven de ti el hombre y la mujer que serán





Radicalidad

HAY QUE DEJARLO TODO EN EL SEGUIMIENTO DE JESÚS.


Primero se dejan las cosas: las que se recibe heredado y viene grapado al apellido, lo que es fruto del trabajo y lleva nuestra huella.


También hay que dejarse a sí mismo: los propios miedos, con sus parálisis, y los propios saberes, con sus rutas ya trazadas.


Después hay que entregar las llaves del futuro, acoger lo que nos ofrece el Señor de la historia y avanzar en diálogo de libertades encontradas mutuamente para siempre, que se unifican en un único paso en la nueva puntada del tejido.


Con la claridad del mediodía, se renuncia al sueño de la imposible perfección. Se acerca al alejarse, cuando no derrotamos por la mella de los sentidos, el despojo de habilidades y el extinguirse lento de los fuegos originarios.


Al fin hojas otoñales, apenas pegados a las ramas, sólo nos queda abandonarnos y, casi disueltos como niños, permitirnos ser desde el Otro, desde todo otro, y, todavía tibios como brasas, entregarnos al misterio que nos acoge en su hogar de fuego, donde brillan de eternidad nuestras cenizas.


¿Cómo abandonarlo todo sin sentir al Todo llenar nuestras ausencias y seducir nuestros haberes?





25 agosto, 2011

Mi corazon es pobre

Mi corazón es pobre, Señor,
yo me siento de barro;
soy como arcilla abandonada
que espera las manos
del alfarero.
Pon Tus manos, Señor,
Tu corazón, en mi miseria,
y llena el fondo de mi vida
de tu misericordia.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Quisiera decirte lo que eres
para mí:
tú eres mi Dios, tú eres mi Padre,
tú me quieres.
Te estoy llamando todo el día.
Concede alegría a quien
quiere ser tu amigo,
que mi confianza
la he puesto en ti.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Yo sé que tú eres bueno
y me perdonas.
Sé que eres misericordioso con quien abre su corazón
a tu amor y lealtad.
Escúchame. Atiéndeme.
Te llamo.
Yo vengo a estar contigo
y a quedarme junto a ti.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Me callo ante tu presencia,
porque tú conoces lo íntimo
de mi vida.
Aquí estoy, Señor, con mi
corazón como es:
que no oculte nada a tus ojos abiertos.
Aquí estoy como arcilla fresca
esperando ser modelada por tus manos misericordiosas.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.

Tú eres grande. Tú haces maravillas.
Tú, el único Dios.
Enséñame, Señor, tu camino
y que mis pasos sigan tus
huellas con fidelidad.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Que mi corazón, sin dividirse,
sea todo tuyo.
Te doy gracias de todo corazón,
Señor, Dios mío,
te diré siempre que tú eres amigo fiel.
Me has salvado del abismo
profundo,
y he experimentado tu
misericordia.
Me has librado de los lazos
de la tentación,
y he experimentado tu
misericordia.
Me has hecho revivir,
volver al camino,
y he experimentado tu
misericordia.
Protege mi vida. Sálvame.
Confío en ti.


Señor, yo me alegro, porque eres un Dios compasivo.
Me alegro porque eres
piadoso y paciente.
Me alegro porque eres
misericordioso y fiel.
Señor, mírame. Ten compasión de mí. Dame fuerza.
Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.


Tú, Señor, siempre estás pronto a ayudarme y a animar mi
corazón cuando decae.
Tú, Señor, toma mi corazón de barro y moldéalo según la
grandeza de tu misericordia.
Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.

Hablemos de Dios


 


Aristóteles dijo en su libro La Metafísica que “El Ser se dice de muchas maneras”. Y como nos lo muestra la historia, lo mismo se puede decir de Dios, que hay muchas maneras en las que el ser humano se ha expresado de Dios y son diversos los modos en los que se ha aproximado al misterio de Dios. Hablar de Dios es decir palabras mayores. Los judíos ni siquiera se atrevían a decir su nombre. Mucho se ha escrito sobre Dios y seguramente se seguirá escribiendo al respecto. Desde aquellos que afirman su existencia hasta aquellos que la niegan rotundamente, y pasando por quienes prefieren hablar de lo divino como energía, la historia de la humanidad ha estado marcada por la relación del ser humano con Dios o con lo divino o con lo sagrado, con aquello que está lejos del alcance del hombre, aquello misterioso e inexplicable a lo que según distintas tradiciones se le ha dado nombres diversos.
A fin de cuentas, ¿Qué podemos decir de Dios? ¿Cómo hablar de Dios? El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra cómo Pablo iba predicando por todas partes el mensaje de Jesucristo. Yo quisiera hacer hincapié en un pasaje de esta historia, la visita de Pablo a la ciudad emblema de la filosofía occidental, Atenas. En el Areópago, Pablo se dirige a su público y les habla del “dios desconocido”, al que los atenienses adoraban y dedicaban altares. El “dios desconocido” de los griegos, para Pablo no es otro que el verdadero Dios del que él les ha venido a hablar. No será más el “dios desconocido”. Es el Dios creador del universo y de la raza humana y que envió a Jesucristo a quien resucitó de entre los muertos. Pablo dio testimonio de su fe y aunque algunos se convirtieron y lo siguieron, muchos se fueron sin comprender bien de qué hablaba cuando se refería a la resurrección. El Dios de Pablo resultaba confuso en el reino de la razón.
Para un cristiano católico como yo esto podría parecer una contradicción. Cómo hablar de un Dios desconocido, si mi tradición religiosa sostiene que por el contrario Dios es conocido y se nos ha dado a conocer en la persona de Jesús y antes de él por intermedio de los profetas. Dios no solo se nos ha dado a conocer, sino que se nos ha revelado, como dirá Rahner, se nos ha auto-comunicado. Sin embargo, ¿Podemos pretender decir que lo conocemos todo de Dios? ¿Acaso alguien puede conocer completamente a Dios? Jesús dijo que quien le conoce a él conoce a Dios, que basta conocerle a él para conocer a Dios. ¿Acaso podemos sostener que conocemos a Jesús? Si Dios se ha comunicado por completo, ¿Cómo podríamos no conocerle? ¿Es que hablar de un Dios desconocido quiere decir que no se nos reveló completamente o se debe a nuestra limitada capacidad de aprehender lo revelado?
Dios se nos ha revelado, a lo largo de la historia de la salvación. Y la plenitud de esta revelación, para los cristianos, tuvo lugar en la figura de Jesús. Pero nuestro Dios es el Dios de la historia. Y se manifiesta en la historia de la humanidad. El sigue actuando y creando día a día. Y se sigue dando a conocer. Hay aspectos de Jesús y de Dios que nos siguen siendo ajenos, que se nos escapan, que no conocemos. Dios sigue siendo, de alguna manera, desconocido, para nosotros. Y lo es para nuestro mundo, en nuestra sociedad. Antes los niños no solo venían con un pan bajo el brazo, también traían consigo un catecismo. Hoy eso no sucede más. Este blog busca ser un espacio de reflexión sobre la manera en la que los hombres y mujeres de hoy nos acercamos al misterio de Dios, que justamente porque sigue siendo misterio nos sigue resultando todavía un tanto desconocido.









No hay amor sin sombras

Sabemos que el amor es lo máximo en la vida, Señor,
y esto nos hace más conscientes que no sabemos amar.
Nos resulta imposible amar a la gente defectuosa,
y más aún amarla con un amor defectuoso.
Pero la gente es, somos defectuosos y
nuestro amor es defectuoso.
Quisiéramos amar con un amor perfecto a gente perfecta.
Pero no hay gente perfecta ni amor sin sombras.
Concédenos, Señor, la clara voluntad de
amar a la gente como es, tan defectuosa.
Y concédenos amarla con nuestro amor defectuoso;
sintiendo sus manías, egoísmos, envidias y desprecios,
al mismo tiempo que aprecio, ternura, estima, amistad, amor.
Líbranos Señor del miedo a las sombras de nuestro amor
y a las sombras del amor ajeno.
No permitas que demos la espalda al amor, por complejos de culpa,
y líbranos de enredarnos en el lado sombrío de nuestro amor.
Ayúdanos, Señor, a mantener a raya la crueldad, la amargura,
que florecen como cardos entre el amor y nos devoran.
Concédenos amar con realismo y con esperanza.
En este mundo de “claridades”, crepúsculos y sombras.
Amar con la esperanza que el amor purifica al amor.
Señor, precisamos vivir fortalecidos por el amor frágil,
para fortalecer el amor.






24 agosto, 2011

Hoy no tengo nada que pedirte

Hoy no tengo
nada que pedirte,
ni te traigo
ninguna queja.

Yo sólo busco
un encuentro
desde lo infinito
que late en mí.

¡Pobre de mí
si atase
tu respuesta
a mi pregunta
tan medida,
o a mi lamento
tan herido!

¡Pobre de mí
si ya supiese
la respuesta!

Tal vez
sólo encontraría
para mi sed,
mi propia agua
reciclada,
el eco
de mi monótono
decirme,
mi pasado
humedecido
por el sudor
o por el llanto.

Te necesito
más allá
de lo que sé
o de lo que digo
de mí mismo.

¡Hoy descubro
ya presente,
en el amor
con que me atraes,
la pasión
con que me buscas!

Quien quiera venir conmigo




Y me preguntas, si quiero ir contigo, y la verdad, Jesús, ¡qué lío me hago!, porque no sé si eso implica dejar todo lo que tengo, si implica volver del revés mi vida, si lo que tengo que hacer es irme al tercer mundo, si eso tiene que ver con meterse cura o religiosa, si… Y entonces me entra miedo, y el pánico me impide verte como compañero de camino en la vida de aquí y de  ahora: mis estudios, mi grupo, mi trabajo, mi voluntariado, mi familia, mis dieciocho, veinte o 30 años.

Y me preguntas si quiero ir contigo y extrañado me digo, ¿quién? ¿yo? ¿ahora? y miro alrededor, pensando que eso no es para mí, que no es el momento, que más tarde me lo plantearé. Y repaso la lista de metas que quiero alcanzar (echarme novio o novia, acabar la carrera, tener un trabajo, viajar un poquito, independizarme…) y entre ellas no estás, y ¡cómo me gustaría pensar que te olvidaste!, ¡que no sigues ahí, esperándome!

Y me preguntas si quiero ir contigo y enseguida te vuelvo la pelota: ¿Y Tú, qué me das a cambio? Y me siento mal al hacerte esta pregunta, pero me da miedo la entrega sin recompensa, el riesgo sin seguro, el trabajo sin salario, la soledad sin encuentro, el seguirte sin mirar atrás… y es que creo que es mucho lo que tengo, lo que valgo, lo que dejo, lo que expongo, como para jugárselo todo a una carta… y oigo tus palabras: "recibirás el ciento por uno" y cierro los ojos y guardo silencio.

La voluntad de Dios V



No es que mi vida esté bien o mal. Sencillamente es que se queda corta. Esta es una afirmación que algunas personas reconocen como una certeza llena no de argumentos sino de evidencias. No te lo saben explicar pero es así. Y esa certeza les mueve a buscar más allá de lo establecido como lo razonable a pesar de que, en ocasiones, hagamos como los de la imagen. Seguimos avanzando en nuestra búsqueda de la voluntad de Dios.


La búsqueda de la voluntad de Dios es una manifestación, una actividad concreta, del amor que, cuando más hondo es, busca siempre amar más y mejor; del amor que busca cómo amar más verdadera y hondamente en unas determinadas circunstancias de la vida personal y/o colectiva, para ser amor concreto, y, sólo así, amor verdadero. Buscar la voluntad de Dios se sitúa, pues, en la dinámica tendente a la más plena identificación entre personas y proyectos a que aspira todo amor humano. La pasión por Dios se pide a sí misma el máximo grado de complacencia e identificación hacia el Dios amado. Es la experiencia viva del amor y la misericordia que Dios ha tenido y tiene conmigo la que dispara la búsqueda de la mayor identificación de personas y voluntades. El acento de la elección no será tanto 'adivinar' lo que Dios quiere sino amar lo que Dios ama.

La "voluntad de Dios" está clara en la Escritura: es una voluntad salvífica respecto al hombre y al mundo, expresada con claridad meridiana a lo largo de toda la historia de salvación. Es un permanente e incondicional deseo amoroso de salvación. Esa voluntad de Dios ha adquirido rasgos y perfiles bien concretos y humanos en Jesús de Nazaret, que ha expresado la voluntad del Padre de modo decisivo y privilegiado, sin lugar a dudas. El mismo Jesús, desde el comienzo de su ministerio expresa con rotundidad lo que pretende, haciendo suya la palabra de Dios pronunciada con anterioridad de siglos: "Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos, y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable y del Señor" (Lucas 4,18-19)

Este es el "proyecto" de Dios, su voluntad. El cristiano que se siente infinitamente amado con misericordia por Dios, y deseoso de darle respuesta a Él y de compartir el amor recibido con los demás, lo que intenta con su búsqueda, con su discernimiento, es adherirse al máximo afectiva y efectivamente, en sus circunstancias personales e históricas, a ese proyecto, a esa voluntad salvadora de Dios; lo que trata de descubrir es la manera concreta como puede en su "aquí y ahora" identificarse con el Hijo, hacerse semejante a Él, colaborar a que vaya adelante su proyecto.

Si la voluntad de Dios es clara, si el proyecto de Jesús está bien definido, ¿por qué el amor necesita "discernir"?, ¿por qué el amor necesita buscar?, ¿qué es lo que hay que "buscar"?... José A. García sj lo expresa de un modo conciso y magistral: porque "son problemáticas las mediaciones, son imprevisibles los costos, es desconcertante la lógica"'. El amor cuando es verdadero pide concreciones, gestos, acciones: y las concreciones son siempre ambiguas, discutibles; mucho más cuando se busca "lo mejor". Es sobre esas mediaciones del amor que hay que "discernir", que hay que elegir.

El cumplimiento de la voluntad de Dios en este mundo concreto es conflictivo, choca con resistencias internas y con dificultades externas, se opone a otros intereses, conlleva costos; el creyente tiene que valorar esos costos, ponderar la relación entre acciones y costos y, si su amor le lleva a ello, asumirlos. Eso requiere un trabajo interior, racional y afectivo: ese es el "asumir" la voluntad de Dios al que nos aboca el discernimiento.

La "lógica" de Dios, su manera de hacer las cosas, no es la nuestra: la identificación con la voluntad de Dios no es sólo identificación con los grandes objetivos, con los que, en definitiva, no es muy difícil identificarse, sino con su manera de hacer las cosas, con su estilo: discernir es ir corrigiendo con persistencia nuestros desenfoques de estilo, para no descubrirnos un día de repente en otro plano que el de Dios, haciendo, de hecho, "nuestra" obra, voluntad o proyecto y no el suyo.

Resumimos este primer paso de nuestra reflexión: ¿por qué, pues, buscar, preguntamos, discernir o elegir?, ¿para qué? En resumen apretado y sencillo: yo cristiano "busco" la voluntad de Dios, me pregunto por ella, hago discernimiento, porque Él me ha conquistado, ha conquistado mi corazón para Él y para su causa, hasta el punto de que yo quiero hacerla mía, identificarme con ella en todo, ponerme todo a su servicio. Yo cristiano hago del discernimiento un rasgo de mi ser cristiano para que la identificación con Jesús y su causa sea lo más real, efectiva y generosa posible: para poner los medios más adecuados, para no dejarme entrampar ni engañar por lógicas ajenas a las del evangelio, para no echarme atrás en la dificultad.

La voluntad de Dios IV

Es cierto, ha habido momentos en que lo veía con claridad. Todo parecía apuntar en esa dirección y no entiende por qué ahora se siente confuso y lleno de evidencias que le dicen que es mejor dejarlo estar, que esto no es lo suyo, que... Ve razones a favor y en contra. No sabe a qué se deben esas idas y venidas. Está enfrascado en un combate.


"Hay un deseo amoroso de Dios sobre el mundo y un amor de Dios por mí en con­creto. El amor experimentado y acogido me lleva a querer identificarme con el deseo de Dios. Pero llevar a buen puerto ese deseo de Dios, que es salvación para mí y para el mundo, tropieza con resistencias, dificultades, engaños. En frase evangélica: "el espíritu es animoso, pero la carne es débil"; y por ello, "mantenéos despiertos y pedid no ceder a la tentación" (Mc, 14,38). Ser de veras cristiano nos pide vivir atentos, "vigilantes" en el lenguaje del evangelio.

El amor a que nos llama el evangelio es un amor lúcido, porque carente de lucidez el amor, y el seguimiento, se van desvirtuando, van perdiendo fuerza. No sólo por las resistencias exteriores, los valores y fuerzas antievangélicos que hay en la sociedad y que lo frenan hasta poder pararlo; dentro de nosotros también hay combate, un intenso combate entre impulsos de amor y resistencias al amor.

Los enemigos de un amor concreto son varios, activos y poderosos. En primer lugar, la lógica antievangélica (la de siempre: riqueza, prestigio, protagonismo, cuidado de la propia imagen, afán de poder o dominio...); esta lógica no es sólo exterior, periférica a nosotros: está más dentro de nosotros mismos de lo que pensamos; no podemos ser ingenuos: ¡no se tienen los pulmones puros cuando se vive en una atmósfera contaminada!
También son "enemigo" los intereses creados, los "irrenunciables" que cada uno de nosotros tenemos; no sólo cosas, también ideas, lugares, trabajos, personas...: sucede a veces que sentimos que "eso en concreto" nos aparta de Dios, pero estamos dispuestos a renunciar a cualquier cosa que Dios nos pida "menos a eso", que es precisamente el obstáculo entre el amor de Dios y nosotros. Y otro gran enemigo de nuestra fidelidad a Dios y a su proyecto son nuestros miedos: especialmente los miedos al conflicto, a la minusvaloración, a la pérdida de imagen, a un cierto "aislamiento" social y/o familiar, al compromiso más radical y globalizante. A este batallón de "enemigos", particularmente activo y hábil, siempre presente en nuestra vida, es al que en un cierto lenguaje de discernimiento se le llama "mal espíritu". La enorme fuerza de ese "mal espíritu" radica en su habilidad y en su sutileza, en su capacidad de engañar: eso es lo que le hace verdaderamente temible. Se me mete dentro de mí, se me hace mío, se camufla con extraordinaria habilidad en mis propios discursos, lógica, hábitos, estilos y comportamientos...; va ganando terreno poco a poco.

Casi nunca se suele presentar de frente: proponiéndome una clara abdicación de Dios, de mis deseos de identificarme o trabajar por Él; eso sería demasiado claro, poco "engañoso"; se presenta camuflado, entra por el "portillo de la traición". Su discurso es más bien: "si no pasa nada", "tampoco es para ponerse así', "no hay que exagerar", "mira lo que hace aquel", "tú también tienes derecho a no machacarte, a descansar", etc...
Pero en nosotros hay "combate" porque hay dos fuerzas que chocan. También Dios actúa. Dios actúa activando nuestro deseo, nuestra generosidad, moviendo los impulsos más nobles y más altruistas de nuestro ser, dándonos pistas para descubrir los "engaños" y trampas que se nos tienden. Dios actúa dando fortaleza interior, coraje, capacidad de afrontar el combate... A ese actuar de Dios, fuera y dentro de nosotros mismos, se le llama en ese mismo lenguaje de discernimiento al que nos hemos referido "buen espíritu". El actuar de Dios es, sin embargo, discreto, humilde, respetuoso de la libertad. Dios actúa constantemente y en una multiplicidad de factores: pero sin aparecer, ni avasallar, sin aplastar el funcionamiento de las cosas o las personas. Hay que detectar su paso y su presencia, hay que reconocerle. Y se manifiesta así porque, al contrario que el "mal espíritu", no quiere hombres ni mujeres encadenados, privados de libertad, engañados. Dios prefiere perder la partida con el hombre que hacer trampas con él."

La voluntad de Dios III

Siempre había oído decir que la vocación es una "llamada" de Dios y lo cierto es que nunca había entendido muy bien lo que eso significaba. Ojalá fuera así de sencillo: Dios te dice clarito lo que quiere y luego tú ya verás qué haces. Pero no, parece que hay que pelear el tema y eso es justamente lo que no quiere: discernir.
 
"Ese combate entre "buen" y "mal" espí­ritu sucede en el interior de cada uno de nosotros. Hay muchas maneras median­te las cuales Dios aviva cada día el amor y el deseo de dar respuesta a ese amor, da pistas concretas de qué podemos hacer para amarle más a Él y a la gente: eso son las "llamadas" de Dios. Las "llamadas de Dios" no suelen ser fenómenos extraor­dinarios o paranormales, ni apariciones o revelaciones, ni que Dios nos llame un día al teléfono: son esos impulsos de en­trega, de generosidad, de compromiso ra­dical que experimentamos al hilo de las más diversas circunstancias. Hace falta vivir con atención para escuchar esas lla­madas. El cristiano atento en la vida a las llamadas de Dios es el "hombre" o la "mu­jer de discernimiento".

Normalmente una "llamada" de Dios, las llamadas de Dios, en general, son com­batidas por el "mal espíritu". Les pone sordina, las hace aparecer como "enga­ñosas", aumenta con extraordinario au­mento las consecuencias negativas de seguir esas llamadas, nos ofrece falsas al­ternativas que nos permitirán (supuesta­mente) responder a Dios sin hacer lo que Él quiere de nosotros... Y la enorme ha­bilidad del "mal espíritu" es que todo eso aparezca como un movimiento nuestro, muchas veces de lo más "lógico y razo­nable". El cristiano atento en la vida a las trampas del enemigo es el cristiano de "discernimiento".

Si respondemos a la "llamada" de Dios, a la acción del "buen espíritu", iremos creciendo en el amor e iremos experi­mentando la alegría y la paz que el amor creciente provocan. Si caemos en el en­gaño del "mal espíritu", que es nuestra manera habitual de decir que "no" a la lla­mada de Dios (ya las parábolas de Jesús ponían de manifiesto que a Dios no le so­lemos dar portazos sino excusas), o sim­plemente si nos dejamos llevar de nuestra lógica o de nuestra inercia, iremos experimentando, con el paso del tiempo, va­cío, cansancio, sinsentido, rutina y falta de ilusión en el seguimiento de Jesús.

Por todo ello es necesario "discernir" pa­ra permanecer cotidianamente en el amor, para que nuestra vida sea en concreto una vida sensible al amor, para que nuestros deseos y hechos vayan, afectiva y efecti­vamente, en la línea del deseo de Dios. Mediante el discernimiento nos dispone­mos a colaborar con Dios, a cooperar ­con Él, en nuestra vida personal y en nuestra acción en el mundo. Nos vamos haciendo "capaces de ir coincidiendo ca­da vez más profundamente con su deseo, ayudándonos a hacer su voluntad no co­mo quien completa un puzzle, sino como quien compone una sinfonía". El cristia­no que discierne, el cristiano atento, lee la vida con otra profundidad (en toda su profundidad) y ello le permite vivirla muy de otra manera: desde la libertad del amor y desde un amor que nos hace libres.

Dicho todo eso, que me parece lo nucle­ar, sobre el proceso de discernimiento co­mo búsqueda de la voluntad de Dios, quiero añadir algunas observaciones que creo necesarias sobre ese proceso de atención pa­ra la libertad y el amor que llamamos discernimiento.

El discernimiento cristiano es, en cuanto tal actividad cristiana, acción eclesial, ac­ción en comunión con la Iglesia. No hay discernimiento auténticamente cristiano al margen de la comunión eclesial. ¿Qué significa esto en concreto?, ¿en qué radi­ca lo "eclesial" en un proceso aparente­mente tan personal o individual como "mis" respuestas a las llamadas de Dios? Al menos, en tres cosas muy sencillas.

La primera: lo eclesial, la comunidad de los creyentes y sus valores, son marco de referencia en el que se sitúan los discer­nimientos personales; en palabras de Ig­nacio de Loyola "es necesario que todas cosas, de las cuales queremos hacer elec­ción, sean indiferentes o buenas en sí, y que militen dentro de la sancta madre Igle­sia hierárquica, y no malas ni repugnan­tes a ella" (Ejercicios n° 170). Por poner ejemplos concretos: no hay que discernir la "opción por los pobres"; ya está clara­mente afirmada por la Iglesia; lo que es objeto de discernimiento es cómo yo, aquí y ahora, la llevo adelante. No hay que dis­cernir si debo o no evangelizar: he de dis­cernir dónde y cómo evangelizar."


REFLEXIONES DE A PIE ¿Cuántos en realidad somos? Se apuesta hacia la superficialidad mas que a la profundidad de la experiencia humana ...